La famosa isla

Ante la típica pregunta ¿Qué libro te llevarías a una isla desierta?, muchos son los que responden En Busca del Tiempo Perdido.

Rodrigo Fresán, en un viejo número del suplemento Diagonal (27 de Enero del 2001), del desaparecido diario El Metropolitano, también escoge la lectura del libro del autor francés.

El escritor argentino recomienda que se lea durante “unas largas vacaciones”, o en una “convalescencia inevitable”. No cabe duda que este blog desatiende esos consejos y no espera un periodo de calma para sumergirse en su lectura. A riesgo, claro, de quedar en el camino.

Roberto Santander

Percepciones individuales del mundo

Hace años, muchos años ya, cuando estaba sumido en un vórtice inorgánico y compulsivo de lecturas, tomé Por el camino de Swann, en un intento más bien atarantado y destemplado de hacer crecer mi acervo lector, y de paso tratar de echar leña al horno en el que se cocía entonces una educación sentimental a la que era necesario agregarle polvos Royal. Como era de esperar, ese primer acercamiento a Proust fue un faux pas, un llegar queriendo irse, y se perdió (junto con una lectura del Ulises de Joyce, del Guardián entre el Centeno, de Salinger, entre otros ilustres títulos maltratados) en el olvido.

Por tanto volver a pescar el hilo de Swann bien podría equivaler a una experiencia nueva. Y sí que lo ha sido en mi caso. Fallé en esos años mozos en detectar el sustrato que Marcel Proust propone en su escritura. La magdalena ni la vi. Ni sospeché que se trataba de un queque que hoy puede ser comprado en todas las tiendas del ramo (aunque no con forma de ostión). Mucho menos que era la llave de paso de un torrente memorialístico.

Retomo el video aportado por Roberto Santander, sobre el cómic de Combray dibujado por Stéphane Heuet, y rescato lo que dice el comentarista Javier Almuzara (poeta español, con unas cuantas publicaciones  en el cuerpo), quien fustigó (de forma harto lúcida, a mi modo de ver) la propuesta de Heuet, señalando que “para ser fiel al espíritu de Proust bastaba con reproducir sus ambientes, no su prosa”. La clave es esa, los ambientes (y cómo nos asentamos en ellos) lo son todo. Me recordó un poco a Tarkovsky (“El espejo” sobre todo), a quien le importaban las percepciones individuales del mundo, como bien me iluminó el crítico de cine Daniel Villalobos. Acá el juego va de lo mismo, y saber esas reglas (percibirlas, mejor dicho) ayuda a no perderse en la polvareda densa en la que puede transformarse la prosa proustiana. La magdalena se puede quedar atascada en el buche con facilidad.

Algunas notas:

A la traducción de Pedro Salinas, aunque no es del todo descartable, sí se le notan flagrantemente las arrugas, las fisuras (sin contar las faltas de ortografía). Quizás, con el tiempo, el uso correcto de conjunciones y artículos ha ido tomando importancia. Pero a las claras, en la era de Salinas esto no era nada para preocuparse. De seguro esto influyó para que Diego Zúñiga prefiriera la versión más actual de Carlos Manzano. Baste decir que yo me quedé con Salinas sólo por el empastado de los libros.

Combray. Cuesta llegar a Combray, cuesta asentarse, dilucidar cómo se hará para empezar a disfrutar del panorama. De entrada algo pasa con la luz, la de las velas, la de las arañas de cristal de Bohemia, la que enciende las ventanas de la casa de los abuelos, la que es una tenue línea y significa el inicio del día y el fin una noche de enfermedad. Combray me recuerda a Cranford, la novela de Elizabeth Gaskell popularizada en la serie de TV que transmitió Film & Arts, en que un afuerino en el pueblo es tan extraño como si entrara un mamut por la calle principal, “en Combray una persona desconocida es tan increíble como un dios de la mitología”. Un lugar donde hay locura por los espárragos y un campanario de iglesia “consagra todos los quehaceres”.

Los ambientes. Cada cuarto de la casa de Combray está amueblada para ser apropiada por el narrador Proust, y hacer correr la memoria, le lectura, el llanto. Surge Swann, “uno de los más elegantes socios del Jockey Club”. La lectura se entrampa cuando Proust detalla el paisaje (especialmente en la parte donde recorre Italia), se le dan mejor las personas y las piezas más chicas, definitivamente.

A propósito de la “confesión sentimental” de Diego, aporto la mía. Mi emoción cuasi lacrimógena no estuvo cerca de la magdalena, sino en lo de Proust y el beso de buenas noches que le daba su madre, la única muestra de cariño que el áspero padre permitía hacia el hijo. Un tesoro incalculable ese beso, que llega a solicitarlo por carta a su madre en medio de una cena con Swann, quien más tarde entendería la angustia del niño Proust “que consiste en sentir que el ser amado se halla en un lugar de la fiesta donde nosotros no podemos estar, a dónde nosotros no podemos ir a buscarle”. Cuánta verdad. Más confesiones emocionales: me conmovió cuando el padre consintió en que la madre durmiera con Proust en su pieza.

La magdalena celebérrima. Habla Proust:

“Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él (el té), sino en mí (…) Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad ¿pero cómo? Grave incertidumbre ésta, cuando el alma se siente superada por sí misma, cuando ella, la que busca, es justamente el país oscuro donde ha de buscar”.

Temas espinudos: Judíos y lesbianismo. De lo primero se habla de forma, digamos, simpática. Lo segundo se plantea con un tacto digno de nota. Odette podría haber engañado a Swann con un hombre y el efecto habría sido el mismo. Proust, sabio, nos confirma que un corazón roto es unisex. “Lo que nosotros llamamos nuestro amor y nuestros celos no son una pasión continua a indivisible. Se componen de una infinidad de amores sucesivos y celos distintos, efímeros todos”.

-El hermoso gesto de la esposa de Cottard hacia Swann, de aterrizar a Odette, humanizarla. Swann (el de Proust y todos los que vinieron después en el mundo) lo agradecen. Aunque cuando entra Gilberte en escena, Proust parece amar a los tres.

Hasta ahí, ya no más. Es verano, mejor será cobijarse a la sombra de las muchachas en flor.

José Ignacio Silva

Surge Francisca (Françoise en la versión de Manzano)

Un lugar llamado memoria

Fue raro, ha sido raro, y probablemente seguirá siendo raro adentrarse en la lectura de En busca del tiempo perdido, como si fuera un monstruo que en algún momento acabará con uno, lector, o hará que perdamos el camino. En este caso, un monstruo del que muchos hablan pero que, al parecer, pocos conocen. Y eso hace que el mito sea grande, que se cuenten historias exageradas, equívocas, extenuantes. Y que un momento como la famosa escena de la magdalena parezca un cliché, o algo simple, en vez de lo que realmente es.
Confesión sentimental: me emocioné con esas páginas, me emocioné con la reflexión sobre el pasado y la memoria justo antes de que la famosa escena de la magdalena. Me emocioné, supongo, como me emocionaría si alguna vez lograra ver, por ejemplo, al monstruo del Lago Ness.
Y es cierto que a veces me pierdo entre esas frases interminables, llenas de comas, a las que uno, en general, no está acostumbrado. Pero esa sensación de perderse no siempre es mala, al contrario, a ratos se agradece, sí, dejar que el ritmo lo lleve a uno.
Y esa forma de escribir me ha recordado a Javier Marías, a Thomas Bernhard, a Germán Marín, aunque lo interesante de Proust es que me da la sensación de que la única forma de poder contar esta historia, de poder viajar al pasado y hacer memoria, es a través de esas frases largas.
La escritura como metáfora, también, de lo que sucede.
Lo otro: comencé a leer con la traducción de Pedro Salinas (quizá uno de los mejores poetas de la no tan buena generación del 27), pero luego encontré la de Carlos Manzano y me quedé ahí. Manzano tiene más ritmo y más amabilidad, también. Y no era difícil imaginar que haría una buena traducción. Basta pensar que tradujo Viaje al fin de la noche, y mis amigos de la tuitertulia me soplaron que también a Dino Buzzati y a Italo Svevo.
Pero volvamos a Proust: pensé que me perdería en el camino de Swann, literalmente hablando. Antes de comenzar a leer, recordé las clases en el colegio, cuando hablaban de las vanguardias y aparecían los nombres de Joyce y Proust, y la corriente de la conciencia, y el monólogo interior y el suprarrealismo o algo así. Quién sabe. Ya ni recuerdo tan bien esas cosas, pero me da la sensación de que todo era más terrible que en la realidad.
Y en realidad nada fue tan terrible.
Lo único terrible sigue siendo la memoria.

Diego Zúñiga

George Sand o la literatura de los abuelos

George Sand

Imagino, antes de comenzar a leer Por el camino de Swann, cuál será el primer libro que Proust señalará. Olvido esa tarea para luego recordarla en una escena del primer capítulo, en la que la abuela del narrador le regala unos libros, que serán leídos por su madre en una de las mejores escenas de ese primer capítulo.

Cuando leí – hace seis años – , parte de este primer tomo, estaba con mi abuela y sabía que ella nunca haría ese gesto, el de regalarme algún libro, y si lo hiciera, no se propondría el fin de la abuela, esa idea de “nunca podré decidirme a regalar a este niño un libro mal escrito”.

Por supuesto, ahora que leo la primera frase del post de Roberto “Combray no es tu lugar” tiene mucho más sentido esa distancia que no es sólo, digamos, aspiracional, sino por sobre todo, una ética familiar. Así, Los libros que la abuela regala al narrador pertenecen a George Sand– una escritora con nombre travestido – inútil no también evocar a George Eliot y luego asombrarse al leer en el segundo capítulo el uso del seudónimo como parte un chiste hecho a Swann. Desde que leo el nombre de George Sand sé que nunca lo leeré, ni intentaré leerlo, ni mi abuela querrá comprarme un libro suyo, pero ese descubrimiento fingido esconde una pregunta mucho más concreta: ¿cómo fueron los abuelos de Proust? ¿Le habrán regalado  a George Sand?

Así también, los libros que regala son también una especie de residuo de aquellos verdaderos tomos que la abuela del narrador quisiera que su nieto tuviera: la abuela quiere hacerle leer a Rousseau o Musset, pero elige a Sand, sin dejar de lado que ese sentimiento y esa decisión abarcan mucho más que un simple obsequio. En el primer capítulo el apacible estado del narrador se refleja en la idea latente de un personaje lector y cuidadamente dedicado a esa lectura, sin que ese ejercicio infecte la historia.

Por último, la forma en que la literatura se vuelve una escena, también pertenece a una historia con un abuelo: en la segunda parte de Combray, es el abuelo quien molesta al amigo del narrador  (Bloch) para que no vuelva más a su casa. En esa historia, el amigo del narrador se comporta como un verdadero portavoz de una literatura distinta, disímil, arriesgada, pero es el abuelo quien lo refrena, al contrario de su abuela. Supongo que habrá algo ahí.

Cristóbal Carrasco

Swann

Leída ya Por la parte de Swann, algunas anotaciones:

1.- Me entretiene la primera parte, la de Combray. Me gustan las digresiones de Proust. Me gustan esas frases intercaladas con guiones que parecen nunca acabar y que dejan un toque onírico. A veces me recuerda a las partes epifánicas de El gran Gatsby. Especialmente el comienzo y el final de la novela de Scott Fitzgerald.

2.- Marco varias partes del libro. Partes como ésta:

Pero había vuelto a ver ora una ora otra de las alcobas que había habitado en mi vida y acababa recordándolas todas en las largas ensoñaciones que seguían a mi despertar…

3.- Y la parte de la magdalena. Uno de los momentos clásicos de la literatura universal del cual había leído mucho acerca de y que reiteradas veces me lo imaginé de distintas maneras. Cita:

Y de repente me vino el recuerdo: aquel sabor era el del trozo de magdalena que, cuando iba a darle los buenos días los domingos por la mañana en Combray -porque esos días no salía yo antes de la hora de misa-, me ofrecía mi tía Léonie, después de haberlo mojado en su infusión de té o tila.

4.- La lectura de la segunda parte (Un amor de Swann) se hace, a ratos, empalagosa. No me atraen mucho las descripciones del narrador sobre Swann y Odette. Me interesan más las digresiones sobre por qué es bueno ir en busca de los recuerdos de infancia que uno tiene -empolvados-  en los recovecos de la memoria. O sea: lo que el narrador tiene que decir sobre sí mismo y no tanto sobre la sociedad de la época y funcionamiento.

5.- La tercera y breve parte (Nombre de países: el nombre) vuelve a engancharme. Menciones a La cartuja de Parma (con lo que me pongo a googlear el vínculo entre Proust y Stendhal) e imágenes de los Campos Elíseos bastante evocadoras. Y la frase, tal vez, que le da sentido a todo. Esa que de por qué estos siete libros se esconden en su totalidad bajo el título En busca del tiempo perdido:

Pero ahora me parecía que, aun cuando no me hubieran conducido a nada, aquellos instantes mismos habían tenido, a su vez, bastante encanto. Quería recuperarlos tal como los recordaba.

Antonio Díaz Oliva

Infancia

Varias páginas leídas y una sensación de asfixia: Combray no es tu lugar. La infancia, y todo lo que la recuerda, como una zona sobre la que es fácil emitir juicios y ser inapelable. Proust escribe, en Por la Parte de Swann, sobre ese primer tiempo; cómo y dónde nacimos, el entorno, personas que aparecen, el miedo y los temores que nos inventamos, lo que escuchamos y lo que no nos atrevimos a decir.

La manera de aproximarse es una: la escritura. Y funciona con la reflexión que realiza el niño que lee (el lector) que es también el que escribe:

Lo que yo leía eran los sucesos que sobrevenían en el libro; cierto es que los personajes a los que afectaban no eran “reales”, como decía Francoise, pero todos los sentimientos que nos hacen experimentar el gozo o el infortunio de un personaje real se producen en nosotros tan sólo por mediación de una imagen de ellos; la ingeniosidad del primer novelista consistió en comprender que, al ser la imagen el único elemento esencial en el aparato de nuestras emociones, la simplificación consistente en suprimir pura y simplemente los personajes reales sería un perfeccionamiento decisivo. Una persona real, por mucho que simpaticemos con ella, es en gran medida percibida por nuestros sentidos, es decir, que nos resulta opaca, ofrece un peso muerto que nuestra sensibilidad no puede levantar. Si la aflige una desgracia, sólo en una pequeña parte de la idea total que tenemos de ella podremos sentirnos emocionados al respecto; más aún: sólo en una pequeña parte de la idea total que tiene de sí misma podrá sentirse emocionada ella misma.

Eso es lo que hemos leído, eso es lo que leeremos: una pequeña parte de la idea total.

Roberto Santander

Mi camino de Swann

Estos serán mis mapas para transitar por El Camino de Swann, mis mapas de los tesoros a recobrar este verano, la edición de Alianza, traducida por Pedro Salinas, republicada en dos tomos empastados en la colección “Historia Universal de la Literatura” de la desaparecida Hyspamerica Ediciones de Argentina (en conjunto con Ediciones Orbis, parte del grupo RBA de España).  En esta colección se reeditaron obras de otras editoriales como Alianza y Bruguera, y en los inicios de la década de los 90 se vendieron en ciertos supermercados chilenos en góndolas, tal como hoy se pueden comprar chalas, calzoncillos o limones.

Es una buena edición, cómoda de manejar, y por el solo hecho de que rescata la archiconocida traducción de Pedro Salinas, de la que se hablará a medida que se revise la obra.

Y nos vamos, empezamos.

José Ignacio Silva