Un lugar llamado memoria

Fue raro, ha sido raro, y probablemente seguirá siendo raro adentrarse en la lectura de En busca del tiempo perdido, como si fuera un monstruo que en algún momento acabará con uno, lector, o hará que perdamos el camino. En este caso, un monstruo del que muchos hablan pero que, al parecer, pocos conocen. Y eso hace que el mito sea grande, que se cuenten historias exageradas, equívocas, extenuantes. Y que un momento como la famosa escena de la magdalena parezca un cliché, o algo simple, en vez de lo que realmente es.
Confesión sentimental: me emocioné con esas páginas, me emocioné con la reflexión sobre el pasado y la memoria justo antes de que la famosa escena de la magdalena. Me emocioné, supongo, como me emocionaría si alguna vez lograra ver, por ejemplo, al monstruo del Lago Ness.
Y es cierto que a veces me pierdo entre esas frases interminables, llenas de comas, a las que uno, en general, no está acostumbrado. Pero esa sensación de perderse no siempre es mala, al contrario, a ratos se agradece, sí, dejar que el ritmo lo lleve a uno.
Y esa forma de escribir me ha recordado a Javier Marías, a Thomas Bernhard, a Germán Marín, aunque lo interesante de Proust es que me da la sensación de que la única forma de poder contar esta historia, de poder viajar al pasado y hacer memoria, es a través de esas frases largas.
La escritura como metáfora, también, de lo que sucede.
Lo otro: comencé a leer con la traducción de Pedro Salinas (quizá uno de los mejores poetas de la no tan buena generación del 27), pero luego encontré la de Carlos Manzano y me quedé ahí. Manzano tiene más ritmo y más amabilidad, también. Y no era difícil imaginar que haría una buena traducción. Basta pensar que tradujo Viaje al fin de la noche, y mis amigos de la tuitertulia me soplaron que también a Dino Buzzati y a Italo Svevo.
Pero volvamos a Proust: pensé que me perdería en el camino de Swann, literalmente hablando. Antes de comenzar a leer, recordé las clases en el colegio, cuando hablaban de las vanguardias y aparecían los nombres de Joyce y Proust, y la corriente de la conciencia, y el monólogo interior y el suprarrealismo o algo así. Quién sabe. Ya ni recuerdo tan bien esas cosas, pero me da la sensación de que todo era más terrible que en la realidad.
Y en realidad nada fue tan terrible.
Lo único terrible sigue siendo la memoria.

Diego Zúñiga

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